martes, 17 de junio de 2014

No pongas tus sucias manos sobre Chandler

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Ah, esa enojosa manía de convertir los éxitos literarios en una franquicia... Ah, esa enojosa manía de los herederos de los escritores en rentabilizar su legado, aunque sea a costa de prostituirlo. ¿Dónde quedó lo del respeto y la honra a la memoria? Sí, sí, muy bonito, pero la pela es la pela.
Ya es bastante malo que, tras la muerte del autor, sus herederos empiecen a publicar originales inéditos que el finado habría pagado por no ver impresos. Le ha pasado a Bukowski, le está pasando a Roberto Bolaño y le pasó a Hemingway, cuyos hijos han dado a la imprenta novelas que su padre, con muy buen criterio, no quiso dar, y guardaba en un cajón, quizá a la espera de tener un momento para darles un repaso.
Peor aún es cuando los herederos se embarcan en organizar secuelas, con el único fin de seguir ordeñando la teta. Es el caso de las aventuras de Sherlock Holmes escritas por Adrian Conan Doyle (hijo menor de Sir Arthur) y el especialista en el género John Dickson Carr, que son, en el mejor de los casos, mediocres. Scarlett, la continuación de Lo que el viento se llevó, es un empalagoso muffin recubierto de fondant rosa que pretende poner un final feliz allí donde no hacía ninguna falta; Mrs. De Winter (de Susan Hill) y Rebecca’s Tale (de Sally Beauman), respectivamente secuela y secuela de la secuela de la novela de Daphne Du Marier en la que basó Hitchcock una de sus películas más góticas, tres cuartos de lo mismo. Peter Pan de rojo escarlata, insípida secuela oficial de una novela inolvidable, es infumable, aunque no tanto como Drácula el no muerto, insufrible bodrio perpetrado por el heredero de Bram Stoker (su sobrino-nieto Dacre) y un bastante nefasto escritor de guiones de cine especializado en el género de terror, llamado Ian Holt. Y pronto se añadirá a esta galería de la infamia la cuarta entrega del Millenium de Stieg Larsson, escrita por… un especialista en biografías de futbolistas.
Todo esto viene a cuento de que acabo de leer La rubia de ojos negros, la novela de Benjamin Black que continúa (por encargo de sus herederos, cómo no) la saga del detective Philip Marlowe. Chandler era, sin duda, el mayor y el mejor estilista que ha dado nunca la novela negra, y uno de los mejores que ha dado la literatura inglesa del siglo XX. Su influencia en la literatura posterior es enorme. John Banville, autor de novelas tan refinadas como Eclipse, El Mar o Antigua luz, es también uno de los grandes estilistas de la literatura contemporánea, y cuando se pone el sombrero de Benjamin Black es, además, uno de los mejores autores contemporáneos de novela negra, perpetrador de obras tan sólidas como El secreto de Christine o El otro nombre de Laura, que tienen además un agradable aroma a Chandler y a Simenon. No parecía pues mala opción para continuar las aventuras del detective Philip Marlowe… y La rubia de ojos negros no es una mala novela, no del todo. Pero es una novela inútil, como inútil es una fotocopia cuando se posee el original. Está bien escrita, la trama está bien montada, reproduce con mucho respeto el estilo y las atmósferas que eran la marca de fábrica de Raymond Chandler… pero algo falla. La vieja emoción no está ahí. Leerla es como tomarse una cerveza sin alcohol: se parece a una cerveza de verdad, pero no acaba de saber igual, ni acaba de sentar igual. La novela no se eleva nunca por encima de su condición de sucedáneo. No le hace justicia ni a Raymond Chandler, ni a John Banville, ni a Benjamin Black, quien definitivamente es mucho mejor cuando escribe sus propias novelas, con su propio estilo y su propia voz, y no se mete a imitar las de Chandler.
Porque Banville/Black, en efecto, imita a Chandler muy bien. Demasiado, de hecho, y quizá aquí reside su gran error. Quizá hubiera conseguido una buena aventura del detective Philip Marlowe si le hubiera perdido un poco el respeto al original y lo hubiera llevado a su propio terreno. Entonces hubiera entrado en el terreno del pastiche, que es un género de noble tradición literaria, que ha dado algunos buenos resultados: ahí están Elemental, Doctor Freud (The Seven Per Cent Solution) un algo irreverente y, quizá por eso, afortunado pastiche de Nicholas Meyer sobre Sherlock Holmes; O la muy recomendable autobiografía ficticia de Long John Silver (llamada así, Long John Silver) que el capitán de navío Björn Larsson escribió para combatir el tedio a bordo, donde no se menciona ni a La Hispaniola ni a ninguna isla con ningún tesoro (aunque sí, y mucho, y para bien, a Daniel Defoe y al capitán Misson). O la muy divertida Sherlock Holmes contra Fu Manchú, de Cay Van Ash. O la irónica deconstrucción del Tarzán de Edgar Rice Burroughs que Philip José Farmer (un especialista en pastiches: atención a Venus en su concha, una novela supuestamente escrita por Killgore Trout, el ficticio escritor de ciencia-ficción que se inventara Kurt Vonnegut) realiza en Lord Tiger.
En todos estos casos, todos estos escritores homenajearon a los escritores que les gustaban y las obras que admiraban no fabricando un sucedáneo servil, sino llevándolo a su terreno, tomándose libertades, usándolos de fundamento para hacer algo personal. Es posible que John Banville (perdón, Benjamin Black) hubiera conseguido una mucho mejor novela de Philip Marlowe por este camino que por el de la copia servil (e inevitablemente deslavazada) que eligió. Pero seguramente los herederos de Raymond Chandler no le habrían dejado, no fuera a ser que por hacer cosas raras bajaran las ventas.
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