martes, 20 de diciembre de 2011

El cine ha muerto


Soy el tipo de adicto que tiene que chutarse una película en vena al menos una vez a la semana. Chutada como Dios manda, o sea, en una sala de cine. Un DVD en el reproductor de casa puede ser un sustituto aceptable, en la misma forma en que la metadona puede ser un sustituto aceptable de la heroína. Si alguna vez has hecho una cura de desintoxicación a base de metadona sabrás qué quiero decir. Y si nunca la has hecho, puedes usar tu imaginación.
El problema es que cada vez hay menos salas de cine. Van siendo sustituidas por unos locales anodinos, frecuentados por adolescentes horteras que no paran de hablar a gritos por sus blackberries (aunque la película esté en curso) mientras mastican cantidades ingentes de palomitas. Y encima, para llegar a esos locales tienes que adentrarte en desoladores laberintos de tiendas de estupideces, laberintos por los que deambulan más adolescentes horteras y familias de individuos con más sobrepeso que clase. Esos laberintos para entretenimiento de hámsters consumistas se llaman centros comerciales.
Las verdaderas salas de cine son (ya casi eran) otra cosa: urbanas y noctámbulas, con algo de templo y algo de burdel. De burdel de los de antes, de los de cortinajes de terciopelo rojo y pianista en el salón. Y con un algo, un je ne sais quoi inconcreto pero perceptible. Se llama magia.
Y el problema, también, es que cada vez hay menos películas. Van siendo sustituidas por unas cosas de escasa entidad narrativa, ruidosas, ramplonas, rutinarias y, aunque tengan que mirarse con gafas de 3D, muy bidimensionales. Cierto que antes también se hacían películas muy superficiales, pero la superficialidad se podía obviar cuando había magia ¿Qué qué es la magia? Bueno… algo muy elusivo. Podía ser un beso de tornillo con las palabras “The End” sobreimpresas, mientras sonaban los violines de una orquesta que no está allí. Podía ser la silueta de un jinete al galope por el desierto, recortándose contra el sol poniente. Podía ser el rostro de Fu Manchú con una luz bajo su mentón iluminando sus labios curvados en una sonrisa pérfida. Podía ser Lauren Bacall en el quicio de la puerta, diciendo: si me necesitas, silba ¿Sabes cómo se silba? Junta los labios y sopla”. Podía ser Tony Curtis levantándose para gritar: ¡Yo soy Espartaco!”. Podía ser Rutger Hauer bajo la lluvia con una paloma blanca en la mano, mirando con sus ojos tan profundamente azules al hombre que quería matarle mientras le explica: He visto cosas que nadie creería”. Podría ser, incluso, Jesucristo apareciéndose al policía corrupto Harvey Keitel. Y puede ser lo que, aún hoy en día, consiguen poner en sus películas Clint Eastwood y los hermanos Cohen. Pero Clint Eastwood está ya muy mayor, y cualquier día se va a ir a jugar al póker con Sergio Leone y John Ford. Y los hermanos Cohen no son más que una anomalía en el sistema, cuando deberían ser la norma.
La temporada navideña no es la más adecuada para conseguir la dosis. Las salas se ven inundadas con aún más adolescentes aún más horteras, amén de un montón de padres jóvenes con su progenie de pequeños monstruos cabezudos a los que no saben controlar en absoluto, y que pronto crecerán para ser adolescentes horteras con Blackberry. Y las pantallas de las salas se ven inundadas por versiones del Cuento de Navidad de Dickens, a cual más cansina, y por estúpidas historias, ampliamente jaleadas por los monstruos cabezudos, donde sale Santa Claus en algún momento. Sí, vale, alguna película navideña ha habido que ha merecido la pena. ¡Qué bello es vivir! No está mal. Pesadilla antes de Navidad tiene su aquél, y sería mi favorita si no existiera La cosecha de hielo que, esa sí, es la mejor película navideña de la historia.
Pero, ñoñerías navideñas aparte, no hay mucho en la cartelera con lo que calmar el ansia. La última bostezable pretenciosidad del danés que comprende a Hitler. Uf. El último intento de exprimir la franquicia Misión: Imposible. Uff. Un remake de Perros de paja… pero, ¿hacía falta volver a hacer Perros de paja? ¿Es que no la dejó bastante bien hecha Sam Peckinpah? (y además haciendo una fotocopia tan evidente que hasta han fotocopiado el cartel). Ufff. Una de ciencia-ficción noir que es el perfecto ejemplo de cuán mal resultado puede dar una idea interesante cuando se desarrolla sin talento y cayendo en todos los malos vicios del Hollywood moderno. Uffff.
Queda una película que certifica la muerte del cine. Porque, esa sí, desprende magia a raudales. Porque hace revivir al público emociones olvidadas hace largo tiempo; emociones de cuando el cine era cine y se veía en el cine. Es una película maravillosa, una película inmensa, que sabe jugar con los tópicos para crear emoción legítima. De hecho, es la mejor película que he visto en años. Pero para conseguir todo eso han tenido que hacer una película como las que se hacían al principio: sin sonido y en blanco y negro. Me refiero a The Artist. Una película muda que no es ni una parodia ni un pastiche ni un homenaje (bueno, un homenaje un poco sí) al cine mudo, sino una película muda hecha con absoluta seriedad, con mucho conocimiento, mucho amor y mucho respeto. De, por y hacia el cine antiguo que emula. Por eso es la película que certifica la muerte del cine, porque demuestra que éste ya no avanza, y sólo es capaz de recuperar su magia cuando hace arqueología de sí mismo. Y he dicho arqueología, no absurdas fotocopias como Perros de paja.
De todas formas, le recomiendo a todo el mundo, muy encarecidamente, que vaya a verla. Ya, sin dudarlo, sin perder el tiempo. Será la película que entierre al cine, pero nunca en mi vida había disfrutado tanto asistiendo a un funeral. 

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