martes, 15 de noviembre de 2016

Toda patria es un crimen


¿Todo nacionalismo es, en el fondo, un fascismo? Quién sabe. Lo que es seguro es que todo fascismo es, en el fondo, la expresión depurada de un nacionalismo. Hitler, Mussolini, Franco y Stalin fueron  poco más que radicales líderes nacionalistas, y sobre ese pilar construyeron sus regímenes respectivos; o sobre ese pilar de reverencia (ellos lo llaman amor) a la patria y demonización de sus enemigos, externos e internos, se auparon. Patria, de Fernando Aramburu, es una novela sobre el fascismo.
Sobre un fascismo en concreto, el que se vivió en Euskadi durante los casi cuarenta años que duró eso que eufemísticamente (ay, los eufemismos) se llama el conflicto vasco. En Patria está todo: una sociedad encerrada en sí misma y recelosa de los de fuera, de los que no son de los nuestros; la glorificación —o, al menos, la justificación—de la lucha armada y del asesinato como algo necesario para defender el bien mayor, el que está por encima de nosotros como individuos (la patria, sí); el silencio espeso que impone el consenso social mediante el miedo; la demonización del otro, la ocultación hipócrita de la víctima, esa presencia incómoda; la mentalidad de pueblo elegido, la complacencia en la idea de ser un pueblo perseguido, lo que justifica su defensa mediante la violencia “necesaria”. Y, en el caso concreto de Euskadi, el fértil terreno de una sociedad arcaica, tradicionalista, fundamentada en los valores tradicionales de la unidad familiar (todos los personajes, sean o no vascoparlantes, utilizan la misma nomenclatura vasca para designar la jerarquía familiar: aita, ama, amona, aitona, osaba…), la Iglesia Católica (los curas y los obispos vascos, tantas veces cómplices por omisión, y no pocas por acción, del terrorismo etarra) y el matriarcado. En esta novela coral los personajes se aglutinan en torno a dos madres, dos etxekoandreak -amas de casa; aunque “jefas de casa” quizá sea una traducción más exacta-Bittori y Miren, las dos muy religiosas, muy euskaldunes, muy tradicionales, muy autoritarias, muy apegadas a lo vasco y muy recelosas de lo foráneo, antes grandes amigas y después enemigas irreconciliables porque el hijo de una fue el patriota vasco que asesinó al marido de la otra, mal vasco porque no pagaba el impuesto revolucionario a ETA.
Pero Patria es una novela, no un ensayo, y Aramburu es un narrador, no un sermoneador. Patria es una novela-río de lectura absorbente, al estilo decimonónico, llena de drama y emoción, habitada por personajes próximos y admirablemente bien dibujados. Las dos madres en torno a las cuales se estructura el relato le sirven a su autor para retratar las dos caras, tan indisociablemente unidas como las de una moneda, de la sociedad vasca, tan cohesionada en torno a los valores tradicionales, donde el hijo que se hace etarra y comete delitos de sangre se convierte en un héroe, pero al hijo que asume su homosexualidad se le repudia como a un traidor. Esa sociedad que fue el terreno fértil en el que floreció la justificación de la violencia, el acoso al desafecto (o, simplemente, al sospechoso), el culto al héroe (Esos retratos de etarras muertos o encarcelados a los que se venera casi como iconos religiosos), el miedo a significarse no participando en las manifestaciones, el papel de comisariado político que ejercían las Erriko Tabernas, el papel socializador que para los jóvenes suponía la pertenencia a las cuadrillas que allí se iban a tomar copas.
En los aspectos formales, la novela también es deslumbrante. Aramburu multiplica las voces narrativas, pasando el foco de un personaje a otro, sin dar preferencia a ninguno. No respeta (sin que ello provoque confusión alguna en el lector) la linealidad del relato: el eje central alrededor del cual todo pivota es el asesinato del Txato, un pequeño empresario de transportes al que ETA manda matar para dar un escarmiento, porque se niega a pagar el impuesto revolucionario, y alrededor de ese suceso, hacia atrás y hacia delante, se desarrollan las historias de los demás: las de su esposa, sus hijos, su amigo y la mujer de éste, amiga de su esposa, y los hijos de éstos, uno de los cuales será el etarra que, quizá, apretó el gatillo. Los capítulos son breves, autoconclusivos, como pequeños relatos independientes que toman otro sentido leídos en conjunto, con diálogos en los que se recurre al castellano coloquial que se usa en Euskadi, en el que los verbos en pretérito imperfecto de subjuntivo se sustituyen por su forma condicional, en descripciones en las que, para expresar la dualidad de pensamiento de los personajes, los conceptos se desdoblan en dos sentidos separados por una barra: “presentía/deseaba”, “estaba todo hablado/roto”, “se indignó/inquietó”.
Hay novelas que definen un lugar y una época; en la literatura norteamericana eso se ha institucionalizado en la llamada Gran Novela Americana. Patria es, en ese sentido, la Gran Novela Vasca. Algún día los que quieran entender el Euskadi de esa época tendrán que recurrir a ella como los que quieren entender la sociedad española de los años del pelotazo deberían recurrir a Crematorio, de Rafael Chirbes, los que quieran entender la Francia de la segunda mitad del siglo XIX deberían recurrir a Los Miserables, de Víctor Hugo, o los que quieran entender la Rusia presoviética deberían leer Guerra y Paz, de Tolstoi. No es la primera vez que un vasco escribe una novela sobre el “conflicto” (con muy marcadas comillas) vasco; pero siempre, hasta ahora, se le daba el protagonismo al etarra, aunque fuera un etarra arrepentido como el de Y Dios en la última playa, de Cristóbal Zaragoza. En Patria también hay un etarra arrepentido, pero no es el protagonista, es uno más, y su historia, una de las muchas facetas del conjunto. Aramburu ha sido el primero que ha contado la historia desde el lado de las víctimas.


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